A CRISTO
Estabas ahí en el pasto, verde pasto
para regir mis huesos que tus labios derramaron
en olas dulces de su llegada.
Ahí, en los ríos entre el musgo y el agua clara
para humedecer la sequía con su risa
las púas amargas de su marcha.
Habitaste la muerte en mi carne y aun
el descaro de tu beso infiel está aquí en los trigales
que en los caminos junto a la duda vagan.
Y todavía estas aquí en el desierto sin oídos
para arrullar sobre la arena en los días oscuros
los gajos de mi sangre.